lunedì 7 maggio 2012

Los Calderones


“Es la mejor playa del mundo, como esta arena no hay otra en el universo”, dice Pipa, con unos inmensos espejuelos que desde la punta de su nariz, desafían la ley de gravedad y el más elemental de los equilibrios.
Ella selecciona caracoles con sus manos dentro de un bulto con olor a mar, que reposa en el centro de su mesa de comedor. Con una increíble agilidad separa pedazos de mangle, restos de coral, piedras de mar y alguno que otro espinazo de pescado, pero cuando sus uñas dan con un caracol, entero y uniforme, lo separa hacia unos pequeños espacios en donde los va clasificando.
“Por eso es que Varadero está lleno todo el año, por eso tenemos trabajo los doce meses”. Pipa es una abuela que pertenece a una familia histórica en el balneario más famoso de Cuba, la playa de Varadero. Los miembros de su familia, por más de 100 años se han dedicado al negocio de la artesanía para el turismo.
“Mi abuelo vendía adornos con caracolas para los turistas que venían a la playa cuando solo era un pueblo de pescadores, allí nació la tradición de mis parientes, hoy los Calderones son sinónimo de artesanos de la playa, todos vivimos de esto”.
Pipa habla sin levantar la vista de su mesa de fórmica, estilo años 50 del siglo pasado, va desmenuzando la inmensa montaña de conchas y piedras que parece un pedazo de mar sobre la mesa.
A su lado trabaja el esposo, ensartando caracoles similares en unos hilos, hasta armar los collares que conforman un set con los juegos de aretes de iguales formas y colores. “Mi marido es el responsable de hacer las combinaciones de los collares y aretes, que se venden de inmediato, regresamos sin nada cada noche”.
Pipa tiene licencia para vender productos artesanales en la propia arena de la playa. Sus mejores clientes son los turistas extranjeros, pero sus productos son tan populares que los vacacionistas cubanos también le compran. Y el precio es igual para todos. “Todos mis precios son en dólares, la diferencia está en que cuando tengo la baja del turismo internacional, disminuyo los precios, pero en época de alta, todos compran al mismo precio, cubanos y extranjeros por igual”.
Los juegos de collares y aretes, combinados con las mismas piedras o caracoles, realmente están elaborados con muy buen gusto. “Ahora lo que está de moda son los caracoles pintados, a mi me gustan naturales, pero los clientes marcan la pauta, así que cuando Librado termina de ensartar, los teñimos en diferentes colores para satisfacer los gustos”.
Queremos saber cuál es el producto que más se vende, si los aretes o los llaveros, si los collares o los dijes, pero Pipa dice no son estos productos los que tienen más aceptación. La mayor demanda está en los sombreros de coco que ellos elaboran delante del cliente, a partir de una hoja o penca de cocotero, muy decorativos, además de funcionales contra el sol.
Librado es el responsable de la exhibición, con un arte increíble y una habilidad que solo la práctica otorga, el esposo arma un hermoso sombrero a partir de los flecos de una hoja de cocotero, con las fibras vegetales que le sobran conforma un saltamontes y hasta una mariposa, que sirven de adornos en los bordes del sombrero. “Ahora está todo verde, pero cuando se seca se pone más fuerte y queda con un color oscuro de lo más elegante”, explica Librado.
El vehículo de trabajo es una bicicleta, de sus manubrios cuelgan diferentes tipos de collares, en su parrilla van los exhibidores de los juegos de aretes y dijes, en un costado cuelgan las hojas de cocotero y cada uno, Pipa y Librado, llevan mochilas con otras artesanías.
“Ahora a andar a la playa”, dice Pipa que muestra sus licencias y permisos para deambular la arena del balneario más famoso de Cuba. “Yo mantengo a mis nietos y mis hermanos viven igual de bien, esto es un empleo trabajoso pero bien pagado, la constancia nos hace famosos. Hay turistas que llegan y van directo a mi casa porque quieren alguna prenda que le vieron a un amigo, somos famosos, hasta artículos sobre nosotros han publicado en revistas internacionales”.
Cuba está llena de playas y la artesanía puede complementar una oferta que hoy se encuentra subutilizada, el ejemplo de los Calderones puede servir de motivación para muchos.
“Al principio nosotros recogíamos los caracoles en la playa, ahora nos va tan bien que ya se los compramos a otros”, dice Pipa mientras se alejan, muy pegados a la playa y dejando una estela en la arena mojada, las marcas de las rueda, a medida que avanzan con su bicicleta cargada de tesoros.

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